330 Economía
Acción humana
Cooperación social
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(von Mises, 1966)

2. Pasados errores en el planteamiento del problema

La oportunidad de suprimir la iniciativa privada sustituyéndola por una planificación de tipo socialista constituye desde hace más de cien años el tema político por excelencia. Miles de libros se han publicado en favor y en contra de los planes comunistas. Ningún otro asunto ha sido discutido con mayor pasión en la prensa, en las reuniones públicas, en los círculos académicos, en las campañas electorales y en los parlamentos. Por el socialismo ha habido guerras y se ha derramado sangre a raudales. Y, sin embargo, en medio de tanta confusión, nadie planteaba la única cuestión que de verdad interesaba.

Es cierto que algunos eminentes economistas —Hermann Heinrich Gossen, Albert Schäffle, Vilfredo Pareto, Nikolaas G. Pierson y Enrico Barone— entrevieron el problema. Pero ninguno de ellos, a excepción tal vez de Pierson, caló el fondo de la cuestión ni advirtió su decisiva importancia. Ninguno de ellos, por otra parte, supo engarzar el problema en la teoría general de la acción humana. Ello impidió que se prestara atención a sus incidentales observaciones y que apenas fueran escuchados y sus escritos pronto cayeran en el olvido.

Nada tienen que ver los errores de la Escuela Histórica o del Institucionalismo con el total abandono en que se tuvo tan vital problema para la humanidad. Ambas escuelas, a impulsos de exaltado fanatismo, denigran la economía —«ciencia funesta»— en el deseo de facilitar el triunfo de su demagogia socialista e intervencionista, no habiendo logrado, sin embargo, suprimir totalmente la investigación económica. A nadie, desde luego, puede extrañar que esos detractores de la economía como ciencia fueran incapaces siquiera de entrever el problema. Lo que, en cambio, resulta a primera vista sorprendente es que los auténticos economistas incurrieran en el mismo fallo.

Tan lamentable laguna científica se produjo a causa de los dos fallos típicos de los economistas matemáticos.

Tales estudiosos, en efecto, prácticamente limitan su análisis a lo que ellos denominan equilibrio económico o estado estático. La construcción imaginaria de una economía de giro uniforme, según observamos anteriormente1, es una herramienta mental indispensable para el razonamiento económico. Pero es un grave error olvidar que se trata de una construcción puramente imaginaria, que jamás puede darse en nuestro mundo real y que ni siquiera se puede llevar consecuentemente hasta sus últimas conclusiones e inferencias lógicas. El economista matemático, en su deseo de construir la ciencia económica al modo de la mecánica newtoniana, aplicando siempre procedimientos puramente matemáticos, pierde de vista, al final, el único y verdadero objeto de investigación. Deja de analizar la acción humana y se concentra en el examen de un mecanismo inanimado actuado por misteriosas fuerzas que no es posible estudiar racionalmente. Naturalmente, en la construcción imaginaria de una economía de giro uniforme no hay lugar para la función empresarial. El economista matemático elimina al empresario de su pensamiento. No tiene necesidad de este motor y agitador cuya incesante intervención impide que el imaginario sistema alcance el estado de perfecto equilibrio y absoluta quietud. Rechaza al empresario como elemento perturbador. Los precios de los factores de producción, tal como los ve el economista matemático, están determinados por la intersección de dos curvas, no por la acción humana.

Por otra parte, al trazar sus preciosas gráficas de precios y costes el economista matemático no comprende que la reducción de costes y precios a magnitudes homogéneas exige el empleo de un medio cambio común. Se forja así la ilusión de creer que, aun prescindiendo de ese común denominador monetario que permite contrastar las diferentes relaciones de intercambio entre los distintos factores de producción, es posible calcular y ponderar costes y precios.

El resultado es que de los escritos de los economistas matemáticos emerge la construcción imaginaria de una sociedad socialista como un sistema realizable de cooperación bajo la división del trabajo, como perfecta alternativa al sistema económico basado en el control privado de los medios de producción. El director de la comunidad socialista podría distribuir los factores de producción de manera racional, es decir sobre la base del cálculo. No habría dificultad alguna en compaginar la cooperación socialista bajo la división del trabajo con el empleo racional de los factores de producción. Se puede adoptar el socialismo sin abandonar la economía en la elección de los medios. El socialismo no obliga a abandonar la racionalidad en el empleo de los factores de producción. Es una variedad de acción social racional.

En apoyo de tal modo de argumentar parecían venir los experimentos socialistas de la Rusia soviética y la Alemania nazi. No advertía, sin embargo, el observador superficial que tales sistemas en modo alguno eran organizaciones socialistas aisladas. Operaban dentro de un mundo en el que aún había precios libres. Podían, por tanto, recurrir al cálculo económico a través de los precios internacionales. Sin tal auxilio, el actuar de nazis y soviéticos habría carecido por completo de plan y sentido. Sólo porque conocían los precios internacionales podían calcular, contabilizar y preparar sus tan ponderados planes.

Footnotes

  1. V. pp. 300-305.↩︎