1. La idea de un tercer sistema
Podemos distinguir claramente la propiedad privada de los medios de producción (economía de mercado) y la propiedad pública de los mismos (socialismo, comunismo, o «planificación»). Cada uno de estos dos sistemas de organización económica de la sociedad admite una descripción y definición clara y precisa. No pueden confundirse con otro; no es posible combinarlos ni entremezclarlos; ninguna transición gradual lleva de uno a otro; son mutuamente incompatibles. Respecto a unos mismos factores de producción sólo puede haber control privado o control público. El que dentro de cierta economía determinados elementos productivos sean propiedad pública, mientras otros pertenecen a los particulares, no arguye la existencia de un sistema mixto, en parte socialista y en parte capitalista. Tal economía es de mercado, siempre y cuando el sector público no se desgaje del sistema y lleve una vida separada y autónoma. (En tal caso nos hallaríamos ante dos organizaciones —una capitalista y otra socialista— coexistiendo cada una por su lado). Porque lo cierto es que las empresas públicas, allí donde hay mercado y empresarios libres, lo mismo que los países socialistas que comercian con las naciones capitalistas, operan bajo la égida del mercado. Se hallan sujetos a las leyes del mercado y pueden consecuentemente apelar al cálculo económico1.
Si hemos de considerar la posibilidad de colocar junto a estos dos sistemas o entre ellos un tercer sistema de cooperación humana bajo el signo de la división del trabajo, habremos de partir siempre de la noción de economía de mercado, no de la de socialismo. La noción de socialismo, con su rígido monismo y centralismo, que atribuye los poderes de elección y de acción a una sola voluntad exclusivamente, no admite ningún compromiso o concesión; esta construcción no es conducible a ningún ajuste o alteración. No sucede lo mismo con el esquema de la economía de mercado. En ésta el dualismo del mercado y del poder de coacción y compulsión del gobierno sugiere varias ideas. ¿Es realmente necesario o conveniente que el gobierno se coloque al margen del mercado? ¿Acaso no es función del gobierno intervenir y corregir el funcionamiento del mercado? ¿Es necesario plantear la alternativa de capitalismo o socialismo? ¿Acaso no son posibles otros sistemas de organización social que sean ni comunismo ni pura economía de mercado no intervenido?
Se han sugerido diversas terceras soluciones o sistemas situados, se dice, tan lejos del socialismo como del capitalismo. Se alega que estos sistemas no son socialistas porque mantienen la propiedad privada de los medios de producción y que tampoco son capitalistas porque eliminan las «deficiencias» de la economía de mercado. Para un tratamiento científico del problema, que necesariamente debe ser neutral respecto a todos los juicios de valor y que por lo tanto tiene que abstenerse de condenar cualquier aspecto del capitalismo como defectuoso, perjudicial o injusto, esta recomendación emocional del intervencionismo no es aceptable. La misión de la economía es investigar y buscar la verdad. No está llamada a apreciar o desaprobar sobre la base de preconcebidos postulados y prejuicios. Respecto al intervencionismo, la única pregunta a la que es preciso responder es ésta: ¿Cómo funciona?
Footnotes
V. pp. 315-316.↩︎