330 Economía
Acción humana
Mercado intervenido
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(von Mises, 1966)

5. El significado del laissez faire

Los pensadores liberales de la Francia del siglo XVIII condensaron su filosofía en la conocida frase laissez faire, laissez passer. Aspiraban a implantar un mercado libre de trabas; abogaban por la abolición de todos los obstáculos que impedían al hombre eficaz e industrioso prevalecer sobre sus más torpes e ineficientes competidores; de todo lo que perturbaba el desplazamiento de las personas y la circulación de las cosas. Esto era lo que quería decir la famosa máxima.

En nuestra época de apasionado anhelo de la omnipotencia gubernamental la fórmula ha caído en desgracia. La opinión pública la considera hoy como manifestación de depravación moral y de supina ignorancia.

El intervencionista plantea la disyuntiva entre unas «fuerzas ciegas y automáticas» y una «planificación consciente»1. Es evidente, deja entender, que confiar en procesos irreflexivos es pura estupidez. Nadie en su sano juicio puede propugnar la inhibición; que todo siga su curso sin que intervenga ninguna voluntad consciente. Cualquier ordenamiento racional de la vida económica será siempre superior a la ausencia de todo plan. El laissez faire significa: Dejad que perduren las desgracias; no interfiráis, no hagáis nada por mejorar racionalmente la suerte de la humanidad.

Es éste un planteamiento falaz. El argumento a favor de la planificación deriva exclusivamente de una inadmisible interpretación de una metáfora. No tiene otra base que las connotaciones implícitas en el término «automático», que suele aplicarse en un sentido metafórico para describir el proceso de mercado2. «Automático», según el Concise Oxford Dictionary3, significa «inconsciente, ininteligente, meramente mecánico», y según el Webster’s Collegiate Dictionary4, lo «no sujeto al control de la voluntad (…), realizado sin reflexión mental, sin intención o dirección consciente». ¡Qué gran baza para los partidarios del dirigismo poder jugar tan valiosa carta!

Lo cierto es que la alternativa no se plantea entre inerte mecanismo, de un lado, y sabia organización, de otro; entre la presencia o la ausencia de un plan. La cuestión es: ¿Quién planifica? ¿Debe cada miembro de la sociedad hacer sus propios planes o debe planificar para todos un gobierno benevolente? El dilema no es: automatismo frente a acción consciente, sino acción autónoma de cada individuo frente a acción exclusiva del gobierno, o bien: libertad frente a omnipotencia gubernamental.

El laissez faire no pretende desencadenar unas supuestas fuerzas ciegas e incontroladas. Lo que quiere es dejar a todos en libertad para que cada uno decida cómo concretamente va a cooperar en la división social del trabajo y que sean, en definitiva, los consumidores quienes determinen lo que los empresarios hayan de producir. La planificación, en cambio, supone autorizar al gobernante para que, por sí y ante sí, sirviéndose de los resortes de la represión, resuelva e imponga.

Pero bajo el laissez faire, replica el dirigista, no se producen aquellos bienes que la gente «realmente» necesita, sino los que mayor beneficio reportan, y el objetivo de la planificación debe ser encauzar la producción de suerte que queden satisfechas las «verdaderas» necesidades. Pero ¿quién es capaz de decidir cuáles son esas «verdaderas» necesidades?

Así, por ejemplo, el profesor Harold Laski, presidente que fue del Partido Laborista inglés, señalaba como objetivo de la acción estatal «la canalización del ahorro hacia la construcción de viviendas antes que hacia la apertura de salas cinematográficas»5. Es indiferente que se esté o no de acuerdo con la opinión del profesor de que las casas son preferibles a las películas. El hecho es que los consumidores, gastando parte de su dinero en adquirir boletos de cine, expresan diariamente una opinión diferente. Si las masas de Gran Bretaña, las mismas que con sus votos llevaron al Partido Laborista al poder, en vez de frecuentar los cinematógrafos hubieran preferido invertir su dinero en la adquisición de saneadas casas y cómodos pisos, sin necesidad de ningún tutelaje estatal, por impulso puramente lucrativo, la industria se habría orientado hacia la edificación en vez de producir costosos films. Lo que en el fondo pretendía Mr. Laski era desafiar la voluntad de los consumidores y sustituir por sus propias valoraciones los auténticos deseos de aquéllos. Aspiraba a suprimir la democracia del mercado e implantar el absolutismo zarista en la producción. Sin duda, pensaba que tenía razón desde un punto de vista «más elevado» y que, como superhombre, estaba facultado para imponer su propio criterio a la masa de seres inferiores. Pero nunca fue lo bastante franco como para reconocerlo.

Los encendidos elogios a las excelencias de la acción estatal difícilmente ocultan la autodivinización del dirigista. El gran dios estatal lo es tan sólo en razón a que cada defensor del intervencionismo imagina que la deidad pública hará exclusivamente lo que él aspira a ver realizado. El único plan genuino es aquél que el propio dirigista personalmente apoya. Todos los demás son burdas falsificaciones. Al ensalzar «el plan» se está refiriendo exclusivamente a su propio plan, sin aceptar que también pudiera haber otros «planes». Los intervencionistas sólo están de acuerdo en oponerse al laissez faire, es decir, a que el individuo pueda elegir y actuar. El desacuerdo entre los mismos es absoluto por lo que atañe al programa concreto. Siempre que se les ponen de manifiesto los desastrosos efectos provocados por cierta intervención, reaccionan invariablemente diciendo que las indeseadas consecuencias fueron fruto de una intervención desacertada; nosotros, dicen, propugnamos el buen intervencionismo, no un intervencionismo nocivo. Y, naturalmente, el «buen intervencionismo» es sólo aquél que preconiza el correspondiente profesor.

El laissez faire no significa sino autorizar al hombre común para que elija y actúe; que no tenga, en definitiva, que doblegarse ante ningún tirano.

Footnotes

  1. V. A. T. Hansen, «Social Planning for Tomorrow», en The United States after the War, Cornell University Lectures, Ithaca 1945, pp. 32-33.↩︎

  2. V. pp. 381-383.↩︎

  3. Tercera ed., Oxford 1934, p. 74.↩︎

  4. Quinta ed., Springfield 1946, p. 73.↩︎

  5. V. Discursos radiados de Laski, «Revolution by Consent», editado en Talks, X, núm. 10 (octubre 1945), 7.↩︎