1. La requisitoria contra la economía de mercado
Las objeciones que algunos defensores de la Sozialpolitik formulan contra la economía de mercado se basan en el desconocimiento de la economía. Repiten una y otra vez todos los errores que los economistas hace tiempo que han refutado. Atribuyen al funcionamiento del mercado consecuencias que no son sino obligada secuela de las medidas anticapitalistas que ellos mismos recomiendan como reformas necesarias y beneficiosas. Atribuyen a la economía de mercado la responsabilidad de los inevitables fallos y frustraciones del intervencionismo.
Estos propagandistas suelen acabar reconociendo que la economía de mercado, a fin de cuentas, no es tan mala como sus «no ortodoxas» teorías quisieran hacemos creer. Porque, en definitiva, es el sistema que más y mejor produce. Incrementa día a día la calidad y la cantidad de cuanto la gente anhela. Ha elevado el nivel de vida de las masas a cimas jamás soñadas. Pero, replica el intervencionista, el mercado es recusable desde el punto de vista social. Además, el capitalismo no ha suprimido la pobreza y la miseria; privilegia a una minoría de poderosos a costa de la mayoría; resulta íntimamente injusto. El principio del beneficio debe ser sustituido por el principio del bienestar.
Podemos interpretar el concepto de bienestar de manera que pueda ser aceptado por la inmensa mayoría de quienes no son ascetas. Ahora bien, cuanto más ensanchamos el concepto, menos preciso y específico resulta su contenido. Acabaremos por predicar simplemente la categoría típica de toda acción humana, es decir, el deseo de suprimir la insatisfacción en la medida de lo posible. Puesto que se reconoce universalmente que este fin se puede alcanzar más fácilmente, e incluso exclusivamente, mediante la división social del trabajo, los hombres cooperan en el marco de la vida social. El hombre social se diferencia del hombre autárquico en que se interesa por el bienestar de sus semejantes y amplía el campo de su solicitud más allá del círculo de la propia familia. Se acomoda a las exigencias de la vida en sociedad, pues comprende que sólo el progreso del semejante le permite a él mejorar de condición. En este sentido, puede decirse que mediante la cooperación social el hombre pretende conseguir la mayor felicidad para el mayor número posible. Es realmente difícil encontrar alguien que no estime del máximo interés social alcanzar este objetivo o que llegue a afirmar que no se debe procurar hacer lo más feliz posible al mayor número. Los ataques dirigidos contra la célebre frase de Bentham se basan en ambigüedades o errores acerca del concepto de felicidad, pero siempre queda la tesis básica: que conviene procurar que el bien (sea el que fuere) alcance al mayor número posible.
Pero si interpretamos el bienestar en este sentido, el concepto está vacío de cualquier significado específico. Se justifica así cualquier tipo de organización social. En efecto, no han faltado defensores de la esclavitud, convencidos de que bajo ella es como más feliz resultaba el hombre de color; en los estados sudistas hay blancos para quienes la segregación racial no beneficia menos al negro que al blanco. La tesis básica del racismo de un Gobineau o del nazismo consistía en afirmar que las razas superiores deben prevalecer sobre las inferiores precisamente para hacer a éstas felices. Es claro que un principio tan amplio, con el que cualquier organización social puede defenderse, no tiene valor científico.
Ahora bien, para los partidarios del bienestar el concepto tiene un significado preciso. Emplean intencionadamente un término cuya connotación generalmente aceptada evita cualquier oposición. En efecto, ningún hombre honrado puede oponerse a que la gente sea lo más feliz posible. Así las cosas, se aseguran el triunfo al arrogarse el monopolio del bienestar. Ponen sus ideas a salvo de cualquier crítica atribuyéndoles una apelación cara a todo el mundo. Su terminología implica que quienes se oponen a sus ideas son perversos explotadores deseosos tan sólo de anteponer sus intereses egoístas al bienestar de la mayoría.
La tragedia de la civilización occidental consiste precisamente en que gente razonable pueda recurrir impunemente a tales artificios silogísticos. Hay sólo dos explicaciones. O bien estos sedicentes economistas del bienestar no son conscientes de la inadmisibilidad de su planteamiento, en cuyo caso carecen del indispensable poder de razonar; o bien han elegido este modo de argumentar intencionadamente para resguardar sus errores tras un término que de antemano se propone desarmar a los oponentes.
No es necesario añadir aquí nada a lo ya dicho en capítulos anteriores sobre las consecuencias de todo intervencionismo económico. Los interminables escritos en defensa de la llamada economía del bienestar no han ofrecido ningún sólido argumento que sea capaz de hacer variar nuestras conclusiones. Conviene, sin embargo, dedicar cierta atención a los argumentos que los defensores del bienestar esgrimen contra la economía de mercado.