2. La pobreza
Supongamos una economía agrícola en la que cada familia poseería un terreno suficiente para atender las propias necesidades; agreguemos al modelo un cierto número de artesanos, tales como herreros, y de profesionales, como médicos; supongamos además la existencia de trabajadores por cuenta ajena, que cultivan las tierras de los propietarios y reciben el correspondiente estipendio y asistencia en caso de vejez o enfermedad.
Muchas son las utopías que se han basado en esta construcción imaginaria, la cual, indudablemente, con mayor o menor pureza, llegó a darse en determinadas épocas. Un ejemplo histórico, bastante aproximado al ideal, nos lo brindan las comunidades que los padres jesuítas crearon en lo que hoy es el Paraguay. No vale la pena efectuar aquí un examen detallado de tales sistemas, pues la propia evolución histórica los desintegró. Serían un marco totalmente insuficiente para atender las necesidades de las grandes poblaciones actuales.
El defecto intrínseco de dichas organizaciones consiste en que el incremento demográfico condena a la gente a un progresivo empobrecimiento. Comienzan, en efecto, a aparecer los minifundios, insuficientes para atender las necesidades familiares, a medida que cada terrateniente va sucesivamente repartiendo las tierras entre sus herederos. Todo el mundo es propietario, pero extremadamente mísero. En China se constata la espantosa pobreza del cultivador de exiguo terruño. Si para evitar este desenlace se prohíbe la sucesiva parcelación, de inmediato aparecen enormes masas proletarias carentes de toda propiedad. Un abismo separa entonces a estos desheredados de las clases poseedoras. Se convierten en parias cuya mera existencia representa una grave amenaza de subversión social. Son gentes sin ocupación, a quienes la sociedad no puede dar trabajo. Están, pues, condenadas de antemano al hambre y a la miseria.
A estos desgraciados se referían, en épocas anteriores a la formación del capitalismo moderno, los gobernantes, filósofos y legisladores cuando se ocupaban de los pobres y de los problemas de la pobreza. El laissez faire y su secuela, la industrialización, transformaron a dichos miserables sin oficio en activos asalariados. En el mercado libre aparece gente con mayores o menores ingresos. Lo que no hay son individuos capaces y deseosos de trabajar que no tengan trabajo porque la sociedad no pueda proporcionárselo. Sin embargo, el liberalismo y el capitalismo, aun en sus momentos de máximo esplendor, no arraigaron sino en estrechas zonas geográficas: Europa central y occidental, América del Norte y Australia. En el resto del mundo, hoy como ayer, millones de seres vegetan al borde de la muerte por inanición. Son pobres, verdaderos indigentes, en el primitivo sentido de la palabra; seres supernumerarios, incapaces de mantenerse a sí mismos y latente amenaza para la minoría de superior fortuna.
El capitalismo no es responsable de la miseria de estas desgraciadas masas —fundamentalmente de color—, sino que, al contrario, es la ausencia del orden capitalista la que ocasiona tan tristes situaciones. Las propias poblaciones europeas vivirían hoy peor aún que los coolies asiáticos a no ser por el triunfo en Occidente de la filosofía del laissez faire. Lo malo de Asia es que, en comparación con Europa, hay allí muy poco capital por individuo. La ideología oriental y los sistemas económicos imperantes vedan la aparición de empresarios deseosos de conseguir beneficios. La acumulación de capital indígena es prácticamente nula y prevalece por doquier una xenofobia tal que hace prohibitiva la aportación de capitales extranjeros. La población, en muchos de esos países, aumenta más de prisa que el capital.
No se puede achacar a las potencias occidentales la pobreza de los países coloniales. Los europeos invirtieron enormes sumas e hicieron, sin que se lo propusieran directamente, todo cuanto estaba en su mano por elevar el nivel de vida de aquellos pueblos. No es culpa de los blancos si los orientales rechazan, como ideología foránea, el capitalismo y prefieren seguir apegados a sus mitos tradicionales.
La pobreza que se produce bajo los sistemas no capitalistas desaparece en cuanto se instaura un régimen de mercado libre. El aumento de población, entonces, lejos de provocar la aparición de más y más hambrientos, supone disponer de más seres humanos cuyo empleo genera mayor riqueza. Quien pueda y quiera trabajar nunca será un paria. Los conflictos de Occidente entre «el capital» y «el trabajo», a los ojos de las masas de los países económicamente atrasados, no son sino luchas internas dentro de una misma casta de privilegiados. Para el proletariado asiático, el trabajador americano de la industria del automóvil es un «aristócrata». Pertenece, en efecto, a ese dos por ciento de la población terrestre que goza de mayores ingresos. No sólo las razas de color, sino también los pueblos árabes, eslavos y otros, estiman que su propia indigencia es consecuencia del alto nivel de vida de los países capitalistas, del bienestar que un doce o un quince por ciento de la población humana disfruta. La prosperidad de estos supuestos privilegiados, dejando aparte el problema de las barreras migratorias, en modo alguno viene financiada por la pobreza de aquéllos, quienes, sin embargo, se niegan a aceptar que la única causa de esos males que tanto lamentan radica en su rechazo del sistema capitalista.
Bajo la égida del mercado libre e inadulterado, el problema de la pobreza surge sólo en relación con quienes, por razones fisiológicas, no pueden ganarse la vida. Siempre ha de haber, aparte de la población infantil, personas incapaces de proveer a sus propias necesidades. El capitalismo mejora el nivel de vida de las masas; proporciona mayor salud, combatiendo la enfermedad con métodos cada vez más perfectos, pero no puede evitar que haya gente incapacitada para el trabajo. Cierto es que hoy en día personas que en otro tiempo habrían sido inválidas por el resto de su vida logran recobrar sus facultades y siguen llevando una vida activa; pero no menos cierto es que muchos que antes habrían desaparecido a causa de enfermedades, malformaciones y accidentes, actualmente sobreviven como inválidos permanentes. Es más: la prolongación de la vida media da lugar a que vaya en aumento el número de ancianos.
Estamos ante un problema típico de la sociedad humana. El animal enfermo o tullido pronto fenece, víctima del hambre o de otros más fuertes. Los salvajes fueron siempre inmisericordes con sus semejantes inválidos, a quienes aplicaban métodos semejantes a los del moderno nazismo. Aunque a primera vista resulte paradójico, la existencia en un país de un elevado porcentaje de inválidos e incapaces es prueba evidente de civilización y de alto nivel de vida.
Se ha considerado siempre obra típicamente caritativa el cuidado de enfermos e impedidos carentes de familiares que les atiendan. Los fondos necesarios pueden provenir del erario, aun cuando lo más frecuente es que hayan sido aportados por organizaciones privadas. Las congregaciones y órdenes monásticas católicas y también algunas instituciones protestantes han realizado en esta materia maravillas, reuniendo sumas importantes que luego han sabido emplear rectamente. Existen hoy también organizaciones seculares que en noble emulación compiten con las citadas asociaciones.
Al sistema de caridad se le achacan dos defectos. Uno es la escasez de medios disponibles. Sin embargo, la verdad es que cuanto más progresa el capitalismo, con el consiguiente incremento general de la riqueza, mayores son los fondos caritativos. La gente, por un lado, da más cuanto mejor cubiertas tiene sus propias necesidades; por otro, al aumentar la riqueza, se reduce concomitantemente el número de los necesitados. Los ingresos del hombre medio, bajo un régimen de mercado, le permiten prevenir mediante el ahorro o los seguros la vejez, la enfermedad, los accidentes, la educación de la descendencia, así como la viudedad u orfandad de sus seres queridos. Hay razones fundadas para pensar que los haberes de los establecimientos caritativos resultarían, en los países capitalistas, suficientes para atender los objetivos deseados, si el intervencionismo no saboteara las instituciones básicas de la economía. El «hombre medio» no puede hoy ahorrar y asegurar su futuro porque se lo impiden los manejos monetarios de la expansión crediticia y la inflacionaria creación de medios de pago. No menor es el daño que otras medidas intervencionistas irrogan a los empleados y trabajadores, a los profesionales y a los pequeños empresarios. La mayoría de los que actualmente han de acogerse a la caridad pública se encuentran en tan triste situación a causa precisamente del dirigismo imperante. La inflación y el afán por reducir las tasas del interés socavan, además, los capitales puestos a disposición de asilos, hospitales, guarderías, orfanatos e institutos similares. Cuando el actual paternalismo lamenta la cortedad de los fondos caritativos disponibles no hace sino deplorar las consecuencias de la política que recomienda.
El segundo defecto del sistema caritativo, para sus críticos, consiste en que se basa en puros sentimientos de caridad y compasión. El indigente, bajo tal régimen, carece de título legal de aquello que percibe. Subsiste a costa de personas de buen corazón, sensibles a las penurias ajenas. Lo que el pobre obtiene no es sino un regalo que debe agradecer. Se trataría de una condición vergonzosa y humillante, insoportable para quien sienta el más mínimo respeto por sí mismo.
Son quejas justificadas. La caridad adolece siempre del mismo defecto. Corrompe tanto al que da como al que recibe. Aquél se vanagloria, mientras éste se debilita y rebaja. Ahora bien, si somos hoy conscientes de la indignidad de la limosna es por influencia de la propia filosofía capitalista. Todas las relaciones humanas, fuera del mundo del intercambio mercantil y monetario, se hallan informadas por ese espíritu de dependencia típico de la caridad. Pero es precisamente la ausencia de cordialidad y espiritualidad en el mercado lo que más indigna a los enemigos del capitalismo, al que acusan de insensibilidad e indiferencia. La cooperación social bajo el mero signo del do ut des, aseguran tales opositores, deshumaniza a los individuos. Priva entonces, dicen, sobre el amor fraterno y el deseo de ayudar al prójimo la letra fría de los contratos mercantiles. Por nuestra parte, limitémonos a señalar que quienes acusan al capitalismo de despreciar los «aspectos humanos» caen en abierta contradicción con su propio pensamiento cuando repudian la caridad privada precisamente porque se basa en sentimientos de conmiseración humana.
La sociedad feudal se asentaba en meros actos de gracia, por un lado, y de gratitud y de sumisión, por otro. El poderoso señor otorgaba beneficios a sus vasallos, quienes quedaban obligados a prestarle fidelidad personal. Tales relaciones eran «humanas» en cuanto el inferior besaba las manos del superior y le quedaba enteramente sometido. El carácter gracioso del acto caritativo a nadie molestaba en la sociedad feudal. La filosofía y los usos imperantes justificaban tales situaciones. Sólo más tarde, al surgir una organización social basada en vínculos contractuales, empieza a pensarse en conceder al menesteroso acción legal para exigir asistencia de la sociedad.
Tales reclamaciones al cuerpo social pretenden basarse en el llamado derecho natural. Todos los hombres, se afirma, somos iguales ante Dios, con un derecho inalienable a la vida. Sin embargo, la referencia a la igualdad innata carece de fundamento al tratar de los efectos de la innata desigualdad. Es ciertamente triste que haya hermanos nuestros incapaces de cooperar en la vida social por inmodificables circunstancias físicas. Las inexorables leyes naturales son las únicas responsables. Estos pobres desvalidos, habríamos de concluir, más que hijos, son hijastros de Dios o de la Naturaleza. Nada hay que oponer a las normas de la ética y de la religión que nos exhortan a asistir a nuestros semejantes desamparados. Pero estas normas nunca nos dicen cuál es la fórmula, el sistema, que permite atender mejor a esos desventurados. Sería contradictorio con el objetivo buscado el que, en el deseo de mejorar la suerte de los menesterosos, recurriéramos a sistemas que por fuerza han de poner en peligro la propia existencia social, reduciendo gravemente la productividad de la actividad humana. Nadie, ni útiles ni incapacitados, se beneficiaría bajo un orden que frenara la producción y redujera la cantidad de bienes disponibles.
Estos problemas no son de orden praxeológico, y la ciencia económica es incompetente para dar soluciones. Estamos en el terreno de la patología y de la psicología. El temor a la pobreza y la aversión a vivir de la caridad ajena son sentimientos que influyen favorablemente sobre la fisiología del hombre; le impulsan a que se mantenga en forma, tanto física como espiritual; le incitan a evitar enfermedades y accidentes y a procurar recuperarse con la mayor celeridad posible de cualquier daño sufrido. Las experiencias recogidas de la seguridad social en general, y especialmente del sistema más antiguo y completo cual fue siempre el alemán, muestran los inconvenientes de adormecer o suprimir tales incentivos humanos1. Ninguna comunidad civilizada ha permitido que sus seres incapacitados perecieran sin ayuda de ningún género. Pero, dejando esto aparte, lo cierto es que la sustitución de la caridad privada por servicios sociales reglamentariamente establecidos parece pugnar con la esencia de la naturaleza humana que conocemos. No son divagaciones metafísicas, sino consideraciones prácticas, las que desaconsejan conceder al individuo una acción legal para reclamar de la sociedad alimento y subsistencia.
Por lo demás, es pura ilusión suponer que semejante régimen impuesto coactivamente evitaría a los indigentes la humillación aneja a todo sistema caritativo. Cuanta mayor amplitud se diera a las leyes, más casuística habría de ser su aplicación. No se haría, en definitiva, sino reemplazar el juicio del individuo que auxilia a su semejante, al dictado de la propia conciencia, por el juicio del funcionario público. Es difícil creer que este cambio mejoraría la suerte del menesteroso.
Footnotes
V. Sulzbach, German Experience with Social Insurance, Nueva York 1947, pp. 22-32.↩︎