330 Economía
Acción humana
Mercado intervenido
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(von Mises, 1966)

5. La justicia social

Al menos en un aspecto los actuales propagandistas del bienestar superan a los antiguos socialistas y reformadores sociales. No identifican ya la justicia social con arbitrarias normas que todos habrían de respetar por más desastrosas que fueran sus consecuencias. Admiten el principio utilitarista. Los diferentes sistemas económicos, reconocen, deben ser enjuiciados según su respectiva idoneidad para alcanzar los objetivos que el hombre persigue.

Pero olvidan tan buenos propósitos en cuanto se enfrentan con el funcionamiento de la economía de mercado. Condenan la economía libre por no adaptarse a ciertas normas y códigos metafísicos que ellos mismos previamente han elaborado. Es decir, introducen así por la puerta trasera criterios absolutos a los que negarían acceso por la entrada principal. Buscando remedios contra la pobreza, la inseguridad y la desigualdad, poco a poco van cayendo en los errores de las primitivas escuelas socialistas e intervencionistas. Inmersos en un mar de absurdos y contradicciones, acaban invariablemente apelando a la infinita sabiduría del gobernante perfecto, a esa tabla de salvación a la que los reformadores de todos los tiempos siempre al final se vieron obligados a recurrir. Su última palabra es siempre estado, gobierno, sociedad o cualquier otro hábil sinónimo del superhombre dictador.

Los teóricos del bienestar, como los Kathedersozialisten alemanes y sus discípulos, los institucionialistas americanos, han publicado miles de volúmenes, detallados catálogos de las insatisfactorias condiciones en que se debate el género humano. De este modo creen demostrar las deficiencias del capitalismo. Pero en realidad tales escritos no nos dicen sino lo que todos ya sabemos: que las necesidades humanas son prácticamente ilimitadas y que hay todavía mucho que hacer en bien de la humanidad. Lo que tales publicaciones nunca se preocupan de demostrar es la idoneidad del intervencionismo y del socialismo para remediar los propios males que airean.

Nadie duda que, si hubiera mayor abundancia de bienes, todo el mundo estaría mejor. El problema, sin embargo, consiste en dilucidar si, para conseguir la tan deseada abundancia, existe algún método distinto del de acumular nuevos capitales. La retórica de los defensores del bienestar tiende deliberadamente a ocultar esta cuestión, la única que en verdad interesa. Pese a hallarse científicamente demostrado que la acumulación de nuevo capital es el único mecanismo capaz de impulsar el progreso económico, estos teóricos hablan de un supuesto «ahorro excesivo» y de unas fantasmagóricas «inversiones extremadas», aconsejando gastar más y, de paso, restringir la producción. Estamos, pues, ante los heraldos de la regresión económica, ante gente que, aun sin quererlo, trabajan por la miseria y la desintegración social. La comunidad organizada de acuerdo con las normas del paternalismo podrá parecer justa desde un punto de vista subjetivo. Pero lo que no ofrece duda es que los componentes de tal sociedad irían empobreciéndose progresivamente.

La opinión pública del mundo occidental, durante una larga centuria, ha venido creyendo en la real existencia de eso que se ha dado en llamar «la cuestión social» y «el problema laboral». Con tales expresiones se pretende convencer a la gente de que el capitalismo es esencialmente perjudicial para los intereses vitales de las masas y, sobre todo, para trabajadores y campesinos modestos. De ahí que no se pueda tolerar la permanencia de un sistema tan manifiestamente injusto y que sea urgente aplicar las necesarias reformas radicales.

Pero la verdad es que el capitalismo no sólo ha permitido a la población crecer en grado excepcional, sino que además ha elevado el nivel de vida de un modo sin precedentes. La ciencia económica y la experiencia histórica proclaman unánimes que el capitalismo es el orden social más beneficioso para las masas. Los logros del sistema hablan por sí solos en tal sentido. La economía de mercado no necesita de corifeos ni de propagandistas. Se le pueden aplicar las célebres palabras del epitafio en la catedral de San Pablo de su constructor, sir Cristopher Wren: Si monumentum requiris, circunspice1.

Footnotes

  1. Si buscas su monumento, contempla cuanto te rodea.↩︎