330 Economía
Acción humana
Lugar de la economía en la sociedad
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(von Mises, 1966)

3. La profesión de pronosticar

Cuando finalmente los hombres de negocios se han percatado de que la euforia alcista desatada por la expansión crediticia es siempre transitoria y conduce fatalmente a la depresión, comprenden la importancia que tiene para ellos conocer a tiempo los datos de la coyuntura. Entonces acuden al consejo del economista.

El economista sabe que la euforia dará paso a la crisis. Pero no tiene ni la menor idea de cuándo se producirá ésta. Múltiples circunstancias políticas pueden adelantar o retrasar el evento. No hay forma alguna de predecir ni la duración del auge ni la de la subsiguiente depresión. Es más, al hombre de negocios de nada le serviría dicha información, aun suponiendo que los cambios coyunturales fueran previsibles. Lo que el empresario necesita es advertir la inminencia de la crisis mientras los demás siguen confiados en que el boom continuará. Esta particular perspicacia le permitirá ordenar convenientemente sus operaciones, logrando salir indemne del trance. En cambio, si existiera alguna fórmula que permitiera prever el futuro de la coyuntura, todos los empresarios, al mismo tiempo, conseguirían la correspondiente información. Su actividad, para evitar las previstas pérdidas, provocaría entonces inmediatamente la aparición de la crisis; todos llegarían tarde y nadie podría salvarse.

Dejaría de ser incierto el porvenir si fuera posible predecir el futuro del mercado. Desaparecerían tanto las pérdidas como las ganancias empresariales. En este sentido, la gente pide a los economistas cosas que desbordan la capacidad de la mente humana.

La idea misma de que esa deseada profecía sea posible; el que se suponga que existen fórmulas con las que en el mundo de los negocios se puede prescindir de la especial intuición característica del auténtico empresario, de suerte que cualquiera, respaldado por la oportuna «información», pudiera ponerse al frente de la actividad mercantil, no es sino fruto obligado de aquel complejo de falacias y errores que constituyen la base de la actual política anticapitalista. En toda la denominada filosofía marxista no hay ni la más mínima alusión al hecho de que la actividad del hombre debe enfrentarse invariablemente con un futuro incierto. La nota peyorativa que los conceptos de promotor y especulador llevan hoy aparejada demuestra claramente que nuestros contemporáneos ni siquiera sospechan en qué consiste el problema fundamental de la acción humana.

La particular facultad del empresario, que le induce a adoptar las medidas en cada caso más oportunas, ni se compra ni se vende. Consigue beneficios precisamente porque sigue ideas en desacuerdo con lo que la mayoría piensa. No es la visión del futuro lo que produce lucro, sino el prever el futuro con mayor acierto que los demás. Triunfa quien discrepa, quien no se deja llevar por los errores comúnmente aceptados. Obtiene ganancia el empresario que se halla en posición de atender necesidades que sus competidores no previeron al acopiar los factores de producción.

Empresarios y capitalistas arriesgan posición y fortuna en un negocio cuando están convencidos de la certeza de sus previsiones. A estos efectos, de poco les vale el consejo del «experto». Nunca comprometerán aquéllos sus patrimonios porque cierto «especialista» se lo aconseje. Quienes se lanzan a especulaciones bursátiles atendiendo «informes confidenciales» están destinados a perder su dinero, sea cual fuere la fuente de su información.

El empresario advierte perfectamente la incertidumbre del futuro. Sabe que el economista no puede proporcionarle información alguna acerca del mañana y que todo lo más que éste puede facilitarle es una interpretación personal de datos estadísticos referentes siempre al pasado. La opinión del economista sobre el porvenir, para capitalistas y empresarios, no pasa de ser una discutible conjetura. Son realmente escépticos y desconfiados. Sin embargo, suelen interesarse por lo que dicen revistas y publicaciones especializadas, toda vez que desean estar al corriente de cualquier hecho que pudiera afectar a sus negocios. Por eso, las grandes empresas contratan los servicios de economistas y estadísticos.

El pronóstico en los negocios falla en el vano intento de hacer desaparecer la incertidumbre del futuro y privar a la empresarialidad de su inherente carácter especulativo. Sus servicios no por eso dejan de tener interés en la recogida e interpretación de datos sobre las tendencias económicas y el desarrollo del pasado inmediato.