330 Economía
Acción humana
Lugar de la economía en la sociedad
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(von Mises, 1966)

4. La Economía y la Universidad

Las universidades estatales están invariablemente sometidas a la influencia del gobernante. Procuran las autoridades que ocupen las cátedras sólo quienes coinciden con las ideas del gobierno. Como quiera que, en la actualidad, todos los políticos no socialistas son dirigistas, los profesores universitarios son también normalmente intervencionistas. El deber primordial de la universidad estatal, para los poderes públicos, consiste en persuadir a las nuevas generaciones de la verdad de las doctrinas oficiales1. No les interesan los economistas.

Por desgracia, en la mayor parte de las universidades privadas e independientes no menos prevalece el intervencionismo.

La universidad, de acuerdo con inveterada tradición, no sólo debe enseñar, sino también promover el avance de la ciencia y el saber. De ahí que el profesor universitario no deba limitar su actividad a inculcar en sus discípulos ajenos conocimientos, sino que debe incrementar el acervo del conocimiento. Forma parte de la república universal de la erudición; debe, por eso, ser un innovador, un buscador incansable de mayor y más perfecta ilustración. Ninguna universidad admite que su claustro sea inferior al de ninguna otra. El catedrático, hoy como siempre, se considera por lo menos igual a cualquiera de los maestros de su ciencia. Está convencido de que participa como el que más en el progreso de su disciplina.

La idea de que todos los profesores son iguales es a todas luces inadmisible. Hay una enorme diferencia entre la obra creativa del genio y la monografía del especialista. En el campo de la investigación empírica, sin embargo, no es difícil mantener la ficción. Tanto el auténtico investigador como su rutinario auxiliar recurren a los mismos métodos de trabajo. Practican experimentos de laboratorio o reúnen documentos históricos. La labor externa es la misma. Sus respectivas publicaciones tratan idénticos temas y problemas. No hay diferencia aparente entre lo que el uno y el otro hacen.

No ocurre lo mismo con las ciencias teóricas como la filosofía y la economía. No hay aquí bien trilladas vías que la mente adocenada pueda seguir sin esfuerzo. El paciente y laborioso especialista carece en este mundo de tarea a desarrollar. Porque no hay investigación empírica; el progreso científico, en este campo, sólo es posible a fuerza de pensar, reflexionar y meditar. No cabe la especialización, ya que todos los problemas están relacionados. Abordar cualquier tema exige enfrentarse con el conjunto de la ciencia. Un célebre historiador, hablando en cierta ocasión de las tesis doctorales, decía que las mismas gozaban de particular importancia psicológica y académica porque permitían al autor darse la satisfacción de pensar que había un sector del saber, por mínimo que fuera, donde nadie le igualaba. Tan agradable sensación, desde luego, jamás puede experimentarla quien escribe una tesis sobre temas económicos. No existen en nuestra ciencia ni reductos aislados ni compartimientos estancos.

En un mismo periodo histórico nunca han coexistido más allá de un puñado de personas que contribuyeran decisivamente al progreso de los estudios económicos. La mente genial escasea en el campo de la ciencia económica tanto como en cualquiera de las restantes ramas del saber. Hay además muchos economistas preclaros que no se dedican a la enseñanza. Las universidades y escuelas especiales, sin embargo, reclaman profesores de economía a millares. Exige la tradición universitaria que todos ellos pongan de manifiesto su valía mediante la publicación de trabajos originales, no bastando en este sentido los manuales y libros de texto. La reputación académica y aun el sueldo de un profesor depende más de sus escritos que de su capacidad didáctica. El catedrático tiene por fuerza que publicar cosas. Por eso, cuando el interesado no sabe escribir de economía propiamente dicha, se dedica a la historia económica, sin dejar por ello de proclamar enfáticamente que es ciencia económica pura lo que está produciendo. Dirá, incluso, que la suya es la única verdadera economía, precisamente por apoyarse en datos empíricos, inductivos y «científicos». Los análisis meramente deductivos de los «teóricos de café» no son para él más que ociosas especulaciones. Si adoptara distinta postura estaría proclamando que hay dos clases de profesores de economía: los que contribuyen personalmente al progreso científico y los que no tienen participación alguna en el mismo. (Lo que no impide que éstos realicen interesantes trabajos en otras disciplinas, tales como la historia económica contemporánea). Por eso, el clima de universidades y escuelas no es propicio para la enseñanza de la economía. Son muchos los profesores —no todos, afortunadamente— que tienen especial interés en desacreditar la «mera» teoría. Quieren reemplazar el análisis económico por una arbitraria recopilación de datos históricos y estadísticos. Pretenden desarticular la economía en supuestas ramas independientes, para entonces poder especializarse en alguno de estos sectores: en el agrario, en el laboral, en el de América Latina, etc.

Nadie duda que la enseñanza universitaria debe informar al estudiante acerca de la historia económica en general y de los sucesos más recientes en particular. Pero esta ilustración, como tantas veces hemos dicho, de nada sirve si no la acompaña un conocimiento a fondo de la ciencia económica. La economía no admite subdivisiones ni secciones particulares. En cualquier análisis particular debe tenerse siempre presente la inexorable interconexión de todos los fenómenos de la acción humana. No hay problema cataláctico que pueda ser resuelto estudiando por separado un específico sector productivo. No es posible, por ejemplo, analizar el trabajo y los salarios haciendo caso omiso de los precios, los tipos de interés, las pérdidas y las ganancias empresariales, el dinero y el crédito y otras muchas cuestiones de no menor importancia. Lo normal en los cursos universitarios dedicados a temas laborales es ni siquiera abordar el tema referente a la efectiva determinación de los salarios. No existe una «economía laboral» ni tampoco una «economía agraria». En el campo del saber económico no hay más que un solo e indivisible cuerpo de conocimiento científico.

Lo que esos supuestos especialistas exponen en sus conferencias y publicaciones no es ciencia económica, sino simplemente aquello que interesa al correspondiente grupo de presión. Como, en el fondo, ignoran la ciencia económica, fácilmente caen víctimas de quienes sólo propugnan privilegios para sí mismos. Aun los que abiertamente no se inclinan hacia ningún grupo de presión determinado y altivamente pregonan su completa independencia comulgan, a veces sin darse cuenta, con los principales dogmas del intervencionismo. Lo que más temen es que se les pueda acusar de hacer mera crítica negativa. Por eso, al examinar una particular medida de intervención, acaban siempre postulando la sustitución del intervencionismo ajeno por el suyo propio. Demostrando la mayor ignorancia, prohíjan la tesis básica de intervencionistas y socialistas; a saber, que la economía de mercado perjudica los vitales intereses de la mayoría en beneficio de unos cuantos desalmados explotadores. El economista que expone los fracasos del intervencionismo no es sino un defensor a sueldo de las grandes empresas y de sus injustas pretensiones. De ahí, concluyen, la necesidad de impedir que semejantes individuos accedan a la cátedra y a las revistas de las asociaciones de profesores universitarios.

Los estudiantes quedan perplejos y desorientados. En los cursos de economía matemática se les ha saturado de fórmulas y ecuaciones que recogen unos hipotéticos estados de equilibrio, donde no hay ya actividad humana. Comprenden que dichas ecuaciones de nada sirven cuando se trata de abordar el mundo económico real. Por otra parte, supuestos especialistas les han expuesto en sus disertaciones la rica gama de medidas intervencionistas que convendría aplicar para «mejorar» las cosas. Resulta, pues, de un lado, que aquel equilibrio que con tanto interés estudiaron jamás se alcanza en la práctica y, por otro, que nunca tampoco los salarios ni los precios de los productos del campo son suficientemente elevados, en opinión de sindicatos y agricultores. Se impone por tanto, piensan, una reforma radical. Pero ¿en qué debe consistir concretamente esa reforma?

La mayoría estudiantil acepta, sin preocuparse de más, las panaceas intervencionistas que sus profesores preconizan. Todo se arreglará, de acuerdo con sus maestros, en cuanto el gobierno imponga unos salarios mínimos justos, procure a todo el mundo alimento suficiente y vivienda adecuada y, de paso, prohíba, por ejemplo, la venta de margarina o la importación de azúcar. Pasan por alto las contradicciones en que caen sus mentores cuando un día lamentan la «locura de la competencia» y al siguiente los «males del monopolio», quejándose unas veces de la caída de los precios y otras del creciente coste de la vida. El estudiante recibe su título y procura encontrar lo antes posible un empleo al servicio de la administración pública o de cualquier poderoso grupo de presión.

Pero existen también jóvenes suficientemente perspicaces para descubrir las incoherencias del intervencionismo. Coinciden con sus maestros en repudiar la economía de mercado; dudan, sin embargo, de la efectividad práctica de las medidas dirigistas aisladas que aquéllos recomiendan. Llevan a sus consecuencias lógicas los idearios que les han sido imbuidos y se convierten entonces al socialismo. Entusiasmados, saludan el sistema soviético como efectiva aurora de una nueva y superior civilización.

Sin embargo, no han sido en muchas universidades las enseñanzas de los profesores de economía las que las han transformado en meros centros de incubación socialista. A ese resultado se ha llegado con mayor frecuencia por las prédicas escuchadas en las cátedras de carácter no económico. En las facultades de economía todavía puede uno encontrarse con auténticos economistas e incluso los restantes profesores raro es que lleguen por entero a desconocer las graves objeciones que la ciencia opone al socialismo. No sucede lo mismo, por desgracia, con muchos de los catedráticos de filosofía, historia, literatura, sociología y derecho político. Interpretan éstos la historia ante sus alumnos de acuerdo con las más burdas vulgaridades del materialismo dialéctico. Muchos de los que combaten vehementemente al marxismo por su materialismo y ateísmo coinciden por lo demás enteramente con las ideas del Manifiesto Comunista y los programas de la Internacional Comunista. Las crisis económicas, el paro, la inflación, la guerra y la miseria son consecuencias inevitables del capitalismo y sólo desaparecerán cuando el sistema sea definitivamente erradicado.

Footnotes

  1. G. Santayana, hablando de cierto profesor de filosofía de la —entonces Real Prusiana— Universidad de Berlín, observa: «su misión consistía en ir penosamente tirando, por el camino de sirga que el Estado tenga a bien marcar, del correspondiente cargamento legal», Persons and Places, Nueva York 1945, II, p. 7.↩︎