7. La Economía y la libertad
El importante papel que las ideas económicas desempeñan en los asuntos cívicos explica por qué los gobernantes, los partidos políticos y los grupos de presión se empeñan en restringir la libertad del pensamiento económico. Procuran propagar, por todos los medios, las «buenas» doctrinas y silenciar las «nocivas». La verdad, por lo visto, carece de fuerza suficiente para imponerse por sí sola. Tiene siempre que venir respaldada por la violencia y la coacción de la policía o de específicas organizaciones. El criterio de veracidad de una tesis dependería de que sus partidarios fueran o no capaces de desarticular al contrincante por la fuerza de las armas. Se supone que Dios o alguna entidad mítica dirige el curso de los asuntos humanos y siempre otorgaría la victoria a quienes luchan por las «buenas» causas. Por tanto, el «buen» gobernante, representante de Dios en la tierra, debe aniquilar sin titubeo al heterodoxo.
No vale la pena insistir en las contradicciones e inconsecuencias que encierran las doctrinas que predican la intolerancia y el exterminio del disidente. El mundo no había nunca conocido aparatos de propaganda y opresión tan hábiles e ingeniosos como los que ahora manejan gobiernos, partidos y grupos de presión. Pero esos impresionantes montajes se desplomarán como castillos de naipes en cuanto les sea opuesta una sólida filosofía.
Hoy es difícil familiarizarse con las enseñanzas de la ciencia económica no sólo en los países gobernados por bárbaros o neobárbaros, sino también en las llamadas democracias occidentales. Se desea hacer caso omiso de las grandes verdades descubiertas por los economistas a lo largo de los últimos doscientos años. Se pretende manejar los precios y los salarios, los tipos de interés y los beneficios y las pérdidas, como si su determinación no estuviera sujeta a ley alguna. Intentan los gobernantes imponer, mediante decretos, precios máximos a los bienes de consumo y topes mínimos a las retribuciones laborales. Exhortan a los hombres de negocios para que reduzcan sus beneficios, rebajen los precios y eleven los salarios, como si todo esto dependiera simplemente de la buena voluntad del sujeto. El más infantil mercantilismo se ha enseñoreado de las relaciones internacionales. Bien pocos advierten los errores que encierran las doctrinas en boga y se percatan del desastroso final que les espera.
Es una triste constatación. Pero sólo negándonos todo reposo en la búsqueda de la verdad se podrá remediar la situación.