1. Ciencia y vida
Hay quienes critican a la ciencia moderna el que no formule juicios de valor. La Wertfreiheit, se dice, de nada le sirve al hombre que vive y actúa; lo que éste quiere conocer es precisamente el objetivo al que debe aspirar. Si no puede despejar esta incógnita, la ciencia es estéril. La objeción carece de base. La ciencia, desde luego, no valora; pero procura al individuo toda la información que necesita en relación con sus valoraciones. Lo único que no puede aclararle es si la vida misma merece la pena de ser vivida.
La cuestión se ha planteado con frecuencia y se seguirá planteando. ¿De qué sirven tantos esfuerzos y trabajos si al final nadie escapa a la muerte y la descomposición? La muerte persigue al hombre por doquier. Todo lo que consiga y realice en su peregrinar terreno habrá de abandonarlo un día. Cada minuto puede ser el último. Con respecto al futuro, sólo una cosa hay cierta: la muerte. ¿Tiene utilidad la acción ante tan inexorable final?
Además, la acción humana ni siquiera en relación con los más inmediatos objetivos parece tener sentido. Nunca proporciona satisfacción plena; sólo sirve para reducir parcialmente el malestar durante un momento. Tan pronto como una necesidad queda satisfecha, surgen otras no menos acuciantes. La civilización ha perjudicado a la gente al multiplicar las apetencias sin amortiguar los deseos, sino más bien avivándolos. ¿A qué conducen el esfuerzo y el brío, la prisa y el trajín, si jamás se llega por esa vía a alcanzar la paz y la felicidad? La tranquila serenidad del espíritu no se conquista corriendo tras mundanas ambiciones, sino a través de la renuncia y la resignación. Sólo es verdaderamente sabio quien se refugia en la inactividad de la vida contemplativa.
Tanto escrúpulo, tanta duda y preocupación, sin embargo, se desvanecen ante el incoercible empuje de la propia energía vital. Es cierto que el hombre no escapará a la muerte. Pero en este momento está vivo. Y es la vida, no la muerte, la que de él se apodera. Desconoce, desde luego, el futuro que le espera; pero no por ello quiere desatender sus necesidades. Mientras vive, jamás pierde el ser humano el impulso originario, el élan vital. Es innato en nosotros hacer lo posible por mantener y desarrollar la existencia, sentir insatisfacciones, procurar remediarlas y perseguir incansablemente eso que llamamos felicidad. Llevamos dentro un algo inexplicable e inanalizable que nos impulsa, que nos lanza a la vida y a la acción, que nos hace desear continuo mejoramiento. Este primer motor actúa a lo largo de la vida toda y sólo la muerte lo paraliza.
La razón humana está al servicio de este impulso vital. La función biológica de la mente consiste precisamente en proteger la existencia, en fomentar la vida, retrasando todo lo posible el fin insoslayable. Ni el pensamiento ni la acción son contrarios a la naturaleza, sino que son sus notas más características. La mejor definición del hombre, por destacar la disimilitud de éste con respecto a todos los demás seres, es la que lo presenta como ser que lucha conscientemente contra las fuerzas contrarias a su vida.
Vano es, pues, el ensalzar lo irracional en el hombre. En el universo infinito, que la razón humana no puede explicar ni analizar ni siquiera aprehender mentalmente, hay un estrecho sector dentro del cual el individuo, hasta cierto punto, puede suprimir su propio malestar. Estamos ante el mundo de la razón y de la racionalidad, el mundo de la ciencia y de la actividad consciente. Su mera existencia, por exiguo que sea y por mínimos que resulten los efectos de la acción, prohíbe al hombre abandonarse en brazos de la renuncia y la pasividad. Ninguna divagación filosófica hace desistir al individuo sano de aquellas actuaciones que considera le han de permitir remediar sus necesidades. En los más profundos pliegues del alma humana tal vez anide un secreto anhelo por la paz y la inmovilidad de la existencia puramente vegetativa. Pero en el hombre, mientras vive, tal aspiración queda ahogada por el afán de actuar y de mejorar la propia condición. Muere, desde luego, el sujeto en cuanto de él se apodera el espíritu de renuncia y abandono; pero nunca se transforma en mera planta.
Acerca de si conviene o no mantener la vida, ciertamente nada pueden la praxeología ni la economía decir al hombre. La vida misma y las misteriosas fuerzas que la generan y la mantienen son hechos dados que la ciencia no puede abordar. La praxeología se ocupa exclusivamente de la acción, es decir, de la más típica manifestación de la vida humana.