330 Economía
Acción humana
Lugar de la economía en la sociedad
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(von Mises, 1966)

2. La Economía y los juicios de valor

Mientras algunos critican a la economía por su neutralidad respecto a los juicios de valor, otros la denigran precisamente por lo contrario. Pretenden que debe necesariamente formular juicios de valor, negándole por ello su condición científica, ya que la ciencia debe ser siempre neutral en materia valorativa. Hay, por último, quienes aseguran que la economía puede y debe ser ajena a todo juicio de valor y que sólo los malos economistas desconocen este postulado.

La confusión semántica en la discusión de estos problemas se debe al empleo impreciso de los términos por parte de muchos economistas. El economista investiga si la medida a es o no capaz de provocar el efecto p, para cuya consecución se pretende recurrir a aquélla; su investigación le lleva a descubrir que a no sólo no produce p, sino que da lugar a g, consecuencia ésta que incluso quienes recomendaban aplicar a consideran perniciosa. Tal vez nuestro hombre, a la vista de lo anterior, concluya diciendo que la medida a es «mala»; pero esta expresión no supone formular ningún juicio de valor. Quiere simplemente decir que quien desee conseguir el objetivo p no debe recurrir a a. Es en este sentido en el que se expresaban los librecambistas cuando condenaban el proteccionismo. Habían descubierto que la protección arancelaria, contrariamente a lo que creían quienes la recomendaban, no incrementa sino que reduce la cuantía total de bienes disponibles; de ahí que el proteccionismo, concluían, sea malo desde el punto de vista de quienes aspiran a que la gente esté lo mejor suministrada posible. La economía enjuicia las actuaciones humanas exclusivamente a la luz de su idoneidad para alcanzar los fines deseados. Cuando, por ejemplo, condena la política de salarios mínimos, no quiere decir sino que las consecuencias que la misma provoca son contrarias a lo que quienes la apoyan desean conseguir.

Desde el mismo punto de vista la praxeología y la economía abordan el problema fundamental de la vida y del desarrollo social. En este sentido, concluyen que la cooperación humana basada en la división social del trabajo resulta más fecunda que el aislamiento autárquico. La praxeología y la economía no dicen que los hombres deban cooperar entre sí; simplemente afirman que deberán proceder así si desean conseguir resultados de otra suerte inalcanzables. El acatamiento de las normas morales que exigen el nacimiento, la subsistencia y el desarrollo de la cooperación social no se consideran como un sacrificio a una entidad mítica, sino como el recurso a los métodos de acción más eficaces, como el precio que hay que pagar para obtener un mayor beneficio.

Es esta filosofía la que con mayor furia combaten al unísono todas las escuelas antiliberales y dogmáticas, a las que exaspera que el liberalismo pueda reemplazar con una ética autónoma, racional y voluntaria los heterónomos códigos morales fruto de la intuición o la revelación. Critican al utilitarismo la fría objetividad con que aborda la naturaleza del hombre y las motivaciones de la acción humana. Nada queda ya por agregar aquí a cuanto en cada una de las páginas de este libro se ha dicho frente a tales tesis antiliberales. Hay, sin embargo, un aspecto de las mismas al que será oportuno aludir, ya que constituye la base dialéctica de todas esas escuelas y ofrece, además, al intelectual una buena justificación para evitar la áspera labor de familiarizarse con el análisis económico.

La economía, se dice, cegada por presupuestos racionalistas, supone que la gente aspira ante todo, o al menos primordialmente, al bienestar material. Pero esta premisa es inexacta, ya que en la práctica la gente persigue con mayor vehemencia objetivos irracionales que racionales. Con más fuerza atraen al hombre los mitos y los ideales que el prosaico mejoramiento del nivel de vida.

La respuesta de la ciencia económica es la siguiente:

1. La economía ni presupone ni en modo alguno asegura que la gente aspire sólo o principalmente a ampliar lo que suele denominarse bienestar material. La teoría económica, como rama que es de la ciencia general de la acción humana, se ocupa de cualquier tipo de actividad humana, es decir, le interesa todo proceder consciente para alcanzar específicas metas, cualesquiera que sean éstas. Los objetivos apetecidos no son nunca ni racionales ni irracionales. Irracional, puede decirse, es cuanto el hombre halla dado en el universo; es decir, todas aquellas realidades que la mente humana no puede analizar ni descomponer. Los fines a que el hombre aspira son siempre, en este sentido, irracionales. No es ni más ni menos racional al perseguir la riqueza como un Creso que al aspirar a la pobreza como un monje budista.

2. El calificativo de racional lo reservan estos críticos exclusivamente para el bienestar material y el superior nivel de vida. Dicen que al hombre moderno le atraen más las ideas y las ensoñaciones que las comodidades y gratificaciones sensuales. La afirmación es discutible. No es necesaria mucha inteligencia para, simplemente contemplando el mundo en que vivimos, dar con la solución correcta. Pero no vale la pena entrar en la discusión. Porque la economía nada dice acerca de los mitos, ni en favor ni en contra. Si se trata de contemplar, como meros mitos, las tesis sindicales, la expansión crediticia o cualquier otra doctrina similar, la ciencia económica entonces se desentiende del asunto, porque a ella le interesan tales medidas única y exclusivamente en cuanto se consideran medios adecuados para alcanzar específicos fines. El economista no condena al sindicalismo por ser un mito malo, sino simplemente porque, por esa vía, no se consigue elevar los salarios reales del conjunto de los trabajadores. Queda en manos de la gente decidir si prefieren evitar las ineludibles consecuencias de la política sindical o si, por el contrario, prefieren dar cuerpo a su mito.

En este sentido podemos afirmar que la ciencia económica es apolítica o no política, si bien constituye la base de partida de la política en general y de cualquier forma de acción pública. La economía se abstiene de hacer juicios de valor, por referirse invariablemente a los medios, nunca a los fines últimos perseguidos.